Tremendus. 1519

 

Un fanal, colgado en la popa de la nao capitana, la Trinidad, de 120 toneladas, emitía una vaporosa luz que hacía de guía en la noche y en los días oscuros. La seguían la San Antonio,la Concepción,la Victoria, la Santiago tripuladas por expertos pilotos y hombres de mar al mando de un capitán amante de la cartografía, de rutas oceánicas y que sobre un mapamundi, les mostraba el rumbo a seguir y nunca surcado a la tripulación. Habían zarpado del puerto sevillano y tras sortear la barrera arenosa que unía rio y océano, alcanzaron las costas de Tenerife donde completaron con intrépidos isleños la marinería, un total de doscientos sesenta y cinco hombres, como hicieron aguada y ultimaron víveres: quesos, higos secos, vino. Pusieron rumbo sur hasta alcanzar Sierra Leona y en sesenta días arribaron a río de la Plata.En la larga travesía el miedo y la angustia de enfrentarse al tenebroso océano hizo a los marineros avistar luminiscencias que crepitaban en lo alto de los mástiles, los fuegos de san Telmo; peces que volaban; aves celestes y pájaros sin colas. Las naves alcanzaron, el día de san Julián de Cesárea, la bahía que lleva su nombre y allí fondearon. Les dieron, a esas tierras, el nombre de Patagonia cuando vieron a hombres de pies tan grandes como los del gigante Patagón. En sus playas calafatearon, arrancharon las naves, repusieron las jarcias y cosieron las rajadas velas. Luego, la espera, la soledad inhóspita, el frio y el hecho de que nunca se reveló la misión, un viaje al fin del mundo, los poseyó a todos y se amotinaron. El capitán no tuvo escrúpulos y tomó medidas ejemplares: Luis de Mendoza, piloto de la nao Victoria, fue degollado; Quesada, de la Concepción, colgado del palo, y ambos descuartizados; otros abandonados a su suerte en tierra o en las aguas frías del océano. La San Antonio regresó a España y el capitán jefe, después de cañonear la Santiago, ordenó: ¡rumbo sur!

Al cabo de unos días el hielo cubrió las jarcias, imbornales, arboladuras, las peludas caras de los marineros; el agua de las bodegas se heló, el aceite mientras los vientos silbaban huracanados y las naosTrinidad,Concepción y Victoria, balanceadas por la montañosa mar, se ocultaban unas de otras. El capitán cojeaba en su cámara de un lado a otro cuando los pantocazos hacían saltar la cartografía, los compases sobre el que soñaba su gran hazaña. Tras cinco días de navegación creyó estar en las puertas del Averno.Llegaron luego jornadas de navegación lenta y sinuosa divisando una costa de cumbres blanco-azulado, unos cielos surcados por enormes aves mientras otras, en tierra, caminaban erguidas,y aguas sobre las que se levantaban esforzadas ballenas o flotaban bloques de hielo de mil formas. Las naves se rencontraron y atravesaron un mar laberíntico lleno de ensenadas y pasos estrechos, hasta dar con,al que por cierta reminiscencia de paz y soledad, llamaron océano Pacífico. Siguieron al norte costeado el litoral al punto que decidió el capitán: ¡rumbo oeste!

La osadía los llevó hasta un mar sembrado de miles de islas después de sobrevivir comiendo ratas, galletas mohosas, serrín, cuero, beber agua podrida, de ser picados por pulgas y piojos que parecía proliferaban en la noche y de que parte de la tripulación perdiera los dientes y le sangraran las encías. Algunos marinos, inertes y fríos, fueron arrojados a la mar, y otros se recuperaron cuando les ofrecieron limones y frutas frescas en las islas Marianas. De los doscientos cincuenta hombres que partieron, la marinería se había reducido a menos de un tercio y con esta tripulación se navegó por un dédalo de más de siete mil islas durante once meses luchando contra tribus; cristianizando en nombre de Jesús; recordando al mayor de los reyes del Mundo, Carlos I;comerciando cuando el capitán, bajo el yugo de Alá, herido por una cimitarra y algunos dardos,en la isla de Mactán, acabaron con él antes de ver culminada su insolencia. El capitán suplente mandó quemar la Concepción por falta de dotación y ya solo eran dos, la Trinidad y la Victoria, y cuarenta y nueve los marineros que formaban la flota.Llegaron a las ansiadas, por comerciantes europeos, islas Molucas, de las especias, donde crecía el clavo, la canela, la caña de azúcar, el jengibre, la naranja, la pimienta…, ya ocupadas por portugueses y españoles que habían arribado por la ruta del este, mientras la mar seguía sembrada de islas. Abandonaron la nao Trinidad para despistar a los portugueses ofendidos de las hazañas de la expedición española.

Después de tres años, río arriba y ayudados por barcas a remos atravesaron la barrera arenosa que los separaba del océano. El día 8 de septiembre de 1522 la nao la Victoria fondeó con solo dieciocho hombres en el puerto sevillano tras atravesar el lúgubre Atlántico, el estrecho sur de América, de bautizar el Pacifico, el Índico, pisar suelo en Madagascar, cruzar el cabo de Buena Esperanza y circunnavegar la Tierra. Sé de algunos que regresaron al océano y en el murieron, la noa Victoria, cómo no, también.